El hastío
Aquella noche solo le restaba su miseria. La lluvia caía despacio sobre su lánguido cuerpo, indolente. Su pálido rostro se reflejaba sobre los charcos de la lúgubre calle vacía. Las manos heladas. Caminó sin rumbo solo escuchando la soledad de sus pasos asfixiantes. Encendió su último cigarrillo y saboreo el dulce aroma del tabaco tratando de engañar su angustia y arrebatarle un soplo más de vida. Lo que buscaba a cada instante, sin saberlo, era la muerte. Prefería ignorarlo, era menos doloroso para él. Un fútil y leve descenso hacia el vacío. La mirada vaga y fría; la respiración desesperada. No dice una palabra, calla. El silencio agobiante, la mente que no para de ladrar. A lo lejos, una hermosa dama de negros cabellos toca las desafinadas notas de un viejo saxofón; la mira con sus ojos tristes, demacrados. Por instantes siente la ilusión de que aún es capaz de sentir y apreciar lo bello: el caos cotidiano, la eternidad del momento, lo fugaz de la vida. No deja de pensar en que solo le importa el hoy, porque el mañana aún es incierto y no le pertenece.vi
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